EL PELIGRO DE ESTAR BIEN
“Cuando hayas comido y estés satisfecho, alabarás al Señor tu Dios por la tierra buena que te habrá dado. Pero ten cuidado de no olvidar al Señor tu Dios. No dejes de cumplir sus mandamientos, leyes y estatutos que yo te encargo hoy. Y cuando hayas comido y te hayas saciado, cuando hayas edificado casas cómodas y las habites, cuando se hayan multiplicado tus vacas y tus ovejas, y hayan aumentado tu plata y tu oro y sean abundantes tus riquezas, no te vuelvas orgulloso ni olvides al Señor tu Dios, quien te sacó de Egipto, el país donde eras esclavo.” Deuteronomio 8:10-14 NVI
Solemos clamar, orar y buscar fervientemente a Dios en los momentos difíciles. Pero cuando nos da su mano, nos rescata y nos salva y sentimos que estamos “bien”, nos llenamos de orgullo y podemos olvidarlo un poco. Creyendo que lo obtenido y logrado ha sido por fuerzas propias, dejándonos engañar por nuestro propio entendimiento, pensando que fue este el que nos permitió alcanzar y lograr todo aquello.
Moisés hace referencia y marca el riesgo en este pasaje no a la riqueza en sí, sino al creer que la riqueza nos da autosuficiencia. Y advierte de tener cuidado (guardar), dando a entender que tenemos que estar alerta para que no nos suceda y montar guardia activa frente a esto.
La autosuficiencia nos hace creer que tenemos el control y el poder sobre nuestras vidas y todas las cosas a nuestro alrededor, y nuestro corazón tiende a engañarnos haciéndonos creer que la fuente de riqueza es nuestro conocimiento o habilidad.
Salomón se desvió de la dirección de Dios a causa de su riqueza y bienestar, causándole esta más daño que el bien que le proporcionaba su sabiduría.
“La riqueza es el vehículo, mas no la causa”.
El vehículo es bonito, tiene un motor potente, el tanque lleno (bienes, dinero, estatus, etc.), pero no se mueve por sí solo; está completamente quieto. No sabe a dónde ir ni cómo encenderse.
La causa no es el auto, eres tú, el conductor, junto con tus deseos, valores, disciplina y propósito de vida.
- El vehículo (riqueza) te da la comodidad, velocidad y facilidad para llegar a un destino. Te ahorra la fatiga de caminar bajo sol o lluvia.
- La causa (propósito) es el mapa, la dirección y la decisión de encender el motor. Es el motivo por el cual te mueves (ver a tu familia, visitar un lugar nuevo, buscar libertad).
“…no te vuelvas orgulloso ni olvides al Señor tu Dios, quien te sacó de Egipto, el país donde eras esclavo.” Deuteronomio 8:14
Recordar el origen humilde es el mejor antídoto contra la soberbia. Si olvidaban de dónde venían, olvidarían quiénes eran y a quién le debían su libertad.
A Dios le preocupaba más el corazón del hombre que el desierto que pudiera pasar. Él reconocía que un corazón lleno de cosas materiales y que se jacta en lo que tiene podría perderse.
En el desierto el peligro era físico (hambre, sed), pero espiritualmente estaba “seguro”, porque dependía de Dios cada día para comer y mantenerse protegido. Pero en la prosperidad sí se hallaba el verdadero peligro. El verdadero riesgo para la fe no era la escasez, sino la abundancia. Dios conocía la debilidad humana.
Enseñanza bíblica
Cuando nuestras necesidades físicas están cubiertas, el corazón tiende a olvidarse de Dios y a atribuirse el éxito a sí mismo.
Moisés advierte de la tendencia del corazón hacia la autosuficiencia y la amnesia de la necesidad de Dios en momentos de confort. Y que, como antídoto frente a ese tipo de orgullo y autosuficiencia, él nos enseña que debemos tener una mente agradecida que reconozca que cada bendición de hoy es un regalo de su gracia.
Aplicación
Examina cómo cambia tu relación con Dios entre los momentos de necesidad y los momentos de bienestar. ¿Lo buscas con la misma intensidad cuando tienes lo que necesitas que cuando estás esperando que Él responda?
Mira también aquello que hoy has alcanzado: tus recursos, conocimientos, capacidades, oportunidades y logros. Reconoce cuánto de lo que tienes no habría sido posible únicamente por tus propias fuerzas.
No permitas que aquello que Dios te permitió alcanzar termine produciendo en ti la sensación de que ya puedes caminar sin depender de Él. La bendición debe llevarte a recordar a Dios, no a sentir que ya no lo necesitas.
Haz de la gratitud una práctica consciente: recuerda de dónde Dios te sacó, reconoce su intervención en tu camino y mantén la misma dependencia de Él en la abundancia que tuviste en la necesidad.