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LA FE NO TE EXIME DEL PROCESO

 

Es común pensar que si Dios está presente en nuestra vida, las dificultades deberían desaparecer o al menos suavizarse antes de tocarnos. Sin embargo, la Biblia presenta una realidad distinta:

La presencia de Dios y la ausencia de pruebas no son la misma cosa.

Es posible atravesar una tormenta (literal o simbólica) teniendo a Dios más cerca que nunca. Entender esto es clave para no confundir un proceso difícil con abandono divino.


¿La fe elimina las pruebas que enfrentamos, o su función es sostenernos mientras las atravesamos?

La presencia de Dios no anula el proceso


En Marcos 4:35-41, Jesús está físicamente en la barca junto a sus discípulos cuando se levanta una tempestad. Su presencia no impide que la tormenta llegue, ni que los discípulos experimenten miedo genuino ante el peligro.

El texto es claro:

"Y se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba." Marcos 4:37 RVR1960.

Jesús estaba ahí, y aun así la barca se llenaba de agua.

Esto desmonta la idea de que la fe funciona como una barrera contra la dificultad.

Y surge entonces la pregunta que casi todos nos hacemos alguna vez:

"Si Dios tiene el poder de evitarlo, ¿por qué permite que pasemos por la tormenta en primer lugar?"

El relato no nos da el porqué, pero sí nos muestra algo más importante: Jesús permitió la tormenta sin abandonar la barca. Permitir el proceso y abandonar a los suyos en medio de ella nunca fueron la misma cosa.

 

La promesa bíblica es compañía en las aguas, no ausencia de ellas


Isaías 43:2 lo establece con precisión:

"Cuando cruces las aguas, yo estaré contigo; cuando cruces los ríos, no te cubrirán sus aguas; cuando camines por el fuego, no te quemarás ni te abrasarán las llamas." Isaías 43:2 NVI

El texto no dice "no pasarás por las aguas"; dice "cuando pases".

El paso por la dificultad se da por hecho.

Dios no promete una ruta alterna, sino su compañía dentro de la ruta. Esto cambia por completo la forma en que solemos medir el amor de Dios en medio de la dificultad: no por lo que quita, sino por lo que sostiene. Si esperamos que el amor se demuestre en la ausencia de aguas, siempre lo buscaremos en el lugar equivocado; la Escritura lo ubica en la presencia dentro de ellas.

 

La fe sostiene mientras Dios completa su obra

 

La fe no hace desaparecer la tormenta; permite permanecer firmes mientras Dios cumple su propósito.


Cuando los discípulos despertaron a Jesús, el problema no era únicamente el viento o las olas. La tormenta también estaba revelando el estado de su confianza.


Después de calmar el mar, Jesús les preguntó:


“¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?” Marcos 4:40 RVR1960


La tormenta no sorprendió a Jesús, pero sí puso en evidencia lo que aún necesitaba crecer en el corazón de sus discípulos.


Lo mismo ocurre con nosotros. Muchas veces Dios no cambia inmediatamente las circunstancias porque, mientras esperamos su intervención, nuestra fe aprende a descansar en Él.


Por eso el autor de Hebreos escribió:


“Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.” Hebreos 11:1 RVR1960


La fe permanece aun cuando todavía no ve el resultado. Confía antes de comprender, espera antes de recibir y descansa antes de ver el milagro.


Así entendemos que la fe no existe para librarnos de todos los procesos, sino para sostenernos mientras Dios lleva a cabo la obra que comenzó en nosotros.


Principio bíblico


La fe no se mide por la ausencia de tormentas, sino por la certeza de la presencia de Dios en medio de ellas.
Dios no promete eliminar el proceso; promete no dejarnos solos dentro de él.

Es precisamente esa compañía la que sostiene, transforma y lleva a buen término lo que la prueba comenzó.

 

Conclusión


Todas las personas atraviesan procesos que no pueden evitar ni acortar por su propia voluntad.
La Escritura no oculta esto ni lo presenta como una falla espiritual: lo presenta como parte del camino.

Lo que distingue a quien camina en fe no es una vida sin tormentas, sino la convicción de que, en medio de cualquier proceso, Dios está presente, sostiene y lleva la obra a su cumplimiento.

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