EL PRIMER RECURSO QUE ADMINISTRAS
No fue intencional comenzar esta serie hablando acerca del cuerpo. No porque esta parte del ser humano sea la más importante, sino porque es el vehículo mediante el cual podemos ejercer mayordomía sobre todo lo que Dios nos ha dado para administrar aquí en la tierra.
Quiero comenzar definiendo qué es mayordomía: administrar con responsabilidad todo lo que nos ha sido confiado; es la correcta y eficiente gestión de los recursos.
La palabra mayordomo, por su parte, hace alusión a aquel que gestiona o administra esos recursos. En la antigüedad, describía al criado principal que tenía a su cargo la casa y los bienes de su amo: administraba aquello que pertenecía a otro.
Podemos observarlo en Génesis 15:2, cuando Abram habla de Eliezer de Damasco como el mayordomo de su casa:
“Y respondió Abram: Señor Jehová, ¿qué me darás, siendo así que ando sin hijo, y el mayordomo de mi casa es ese damasceno Eliezer?”
Génesis 15:2 (RVR1960).
También lo vemos en la historia de José, cuando halló gracia ante Potifar:
“Así halló José gracia en sus ojos, y le servía; y él le hizo mayordomo de su casa y entregó en su poder todo lo que tenía.”
Génesis 39:4 (RVR1960).
En el Nuevo Testamento encontramos otro ejemplo en la parábola del mayordomo infiel, en Lucas 16:1-8. Allí Jesús relata la historia de un hombre que debía rendir cuentas de su administración y que, al saber que perdería su cargo, ideó una estrategia para subsistir después. Su señor terminó reconociendo la sagacidad con la que había actuado.
Estos ejemplos nos permiten resumir la mayordomía como la capacidad que Dios nos ha dado para administrar aquello que Él ha puesto en nuestras manos. Esto nos coloca en la posición de mayordomos, mientras que Dios permanece como dueño de todo.
La Escritura establece:
“De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan.”
Salmos 24:1 (RVR1960).
Que no seamos los dueños no significa que no tendremos que rendir cuentas; al contrario, nuestra administración tendrá que ser presentada delante de Dios, quien es el dueño de todo. Nosotros, como administradores, podremos disfrutar de lo que se nos ha confiado, tomar decisiones sobre ello y hacer uso de lo que Dios nos dio para administrar; pero, aun estando en nuestras manos, sigue y seguirá siendo de Él.
Esta relación entre Dios como dueño y nosotros como administradores también puede observarse en las palabras del salmista:
“Reconoced que Jehová es Dios; Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos; pueblo suyo somos, y ovejas de su prado.”
Salmos 100:3 (RVR1960).
En este versículo podemos observar que el salmista dice que debemos reconocer que Dios nos hizo y somos de Él. Hace énfasis, además, en recalcar que no nos hicimos a nosotros mismos. Aquí no habla de bienes, no habla de hijos ni habla de ministerios; habla de nuestra vida, de la cual también tendremos que rendir cuentas, porque nos fue concedida no para hacer con ella lo que nos parezca, sino para encaminarla hacia el cumplimiento del propósito para el cual nos fue dada.
“De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí.”
Romanos 14:12 (RVR1960).
LA CASA QUE DIOS NOS DIO PARA ADMINISTRAR
Dos de las principales cosas que administraba un mayordomo eran la casa y los bienes. Hoy hablaremos de la casa, pero no de la vivienda física en la que vivimos solos o junto a nuestros seres queridos —la cual también debemos administrar diligentemente y mantener en orden—, sino de nuestro cuerpo y, específicamente para quienes pertenecen a Cristo, de aquello que la Biblia denomina templo del Espíritu Santo.
“¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?”
1 Corintios 6:19 (RVR1960).
La afirmación “no sois vuestros” nos lleva nuevamente a lo expresado por el salmista: Dios sigue y seguirá teniendo la autoría sobre nosotros.
Podríamos compararlo con un escritor y el libro que escribió. Muchas personas pueden leer su obra y utilizarla para edificar sus vidas, enseñar a otros, citar sus palabras o frases e, incluso, adoptar principios o un estilo de vida enseñado por el autor; sin embargo, la autoría de la obra seguirá perteneciendo a quien la escribió.
Lo mismo sucede con nuestra vida. Sin importar cómo la estemos utilizando, quiénes estén siendo favorecidos a través de nosotros o cuánto tiempo dediquemos —o no— a honrar al Dios que nos la dio, nuestra vida sigue perteneciendo a Él, aunque haya sido puesta bajo nuestra responsabilidad.
Esta casa, en la que para el creyente habita el Espíritu de Dios, constituye uno de los primeros recursos que debemos administrar con sabiduría, prudencia y diligencia.
¿Crees que lo estás haciendo de ese modo?
NO CUIDES ÚNICAMENTE LO QUE SE VE
Con frecuencia nos preocupamos por mantener limpio y en orden todo aquello que externamente puede verse de esta casa —nuestro cuerpo— y restamos importancia a lo que no vemos, aunque muchas veces allí se encuentra lo más importante.
Así como las partes externas de nuestro cuerpo son visibles, existen órganos y sistemas internos que las sostienen y permiten su funcionamiento.
Por eso, administrar con sabiduría implica ejercer las acciones pertinentes para cuidar esta casa en la que viviremos durante nuestra permanencia en la tierra.
Administrar con prudencia implica rechazar, evitar y alejarnos de aquello que destruye este espacio que Dios nos ha dado y en el cual, para quienes somos sus hijos, decidió habitar por medio de su Espíritu.
Y administrar con diligencia implica procurar su cuidado y desarrollo, llevándolo al mejor estado posible de acuerdo con nuestras capacidades, posibilidades y desarrollo alcanzado.
Por lo tanto, administrar nuestro cuerpo no implica cuidar solamente aquello que externamente puede verse, sino también todo lo que lo compone y hace posible que nos mantengamos con vida en esta tierra.
AMAR TAMBIÉN IMPLICA CUIDAR
El mandamiento dice:
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo.”
Mateo 22:39 (RVR1960).
Dios asume que debemos amarnos. Debemos amar la vida que Él nos dio, pero no colocándonos en primer lugar o por encima de Él, ni haciendo de nosotros mismos un dios o viviendo para alimentar nuestro ego; sin embargo, sí debemos amarnos, y amar también conlleva cuidar, proteger, decidir correctamente, actuar con prudencia y ser consecuentes y coherentes con aquello que amamos.
Amarnos correctamente comprende darle a nuestra vida el valor que le corresponde, ni más ni menos. No haciendo de nuestra existencia el centro de todo, pero tampoco menospreciando el valor que Dios nos ha dado al punto de menoscabarnos y perder nuestra propia estima.
Amarnos también implica reconocer que pertenecemos a Dios y que nuestro cuerpo fue escogido por Él como lugar para habitar y relacionarse con nosotros. Con mayor razón debemos honrarlo y darle el cuidado pertinente, pues fue el espacio que Dios escogió para hacer morada en nosotros por medio de su Espíritu.
Si nos amamos, procuraremos cuidarnos y seguir los mandatos de Dios para nuestro bien; buscaremos conservarnos, dentro de nuestras posibilidades, en las mejores condiciones que podamos, para servir a Dios, estar disponibles para ejercer nuestro llamado y administrar con excelencia aquello que el Señor nos ha dado y aquello que posteriormente pueda poner en nuestras manos.
El objetivo de cuidarnos no es pretender que, por nuestras propias fuerzas y disciplinas, alcanzaremos largura de años o que durante los años vividos no sufriremos ninguna enfermedad o aflicción física, pues estas dos cosas no dependen completamente de nosotros. Sin embargo, sí debemos cumplir nuestra parte: ejercer una correcta mayordomía sobre nuestro cuerpo y dejar en las manos de Dios aquello que no podemos controlar.
Él determinará nuestros años de vida y, aun frente a aquellas aflicciones que permita, podremos confiar en que sigue teniendo el control. Su propósito no es nuestra destrucción, pues Él no es quien viene para hurtar, matar y destruir.
“El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.”
Juan 10:10 (RVR1960).
CADA DÍA ADMINISTRAMOS NUESTRO CUERPO
Cada día tomamos decisiones que pueden favorecer o perjudicar esta vivienda. Decidimos qué ver, qué escuchar, qué comer, qué calzado utilizar, qué medio de transporte tomar, cuánta agua beber, qué alimentos consumir, cuántas horas dormir, qué vestir, qué productos de autocuidado utilizar y qué actividades físicas realizar. Todas estas son decisiones cotidianas que, de diferentes maneras, evidencian qué tan buena o deficiente está siendo la mayordomía que ejercemos sobre nuestro cuerpo.
La Palabra de Dios dice que nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo. Por eso, aquello que hacemos con él no debería ser considerado un asunto completamente independiente de nuestra relación con Dios.
Pablo continúa diciendo:
“Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios.”
1 Corintios 6:20 (RVR1960).
Nuestro cuerpo también puede convertirse, entonces, en un espacio desde el cual honremos a Dios mediante las decisiones que tomamos acerca de aquello que Él nos ha confiado.
Esto le da mayor sentido y relevancia a la mayordomía que ejercemos sobre nuestro cuerpo, porque el propósito por el cual lo hacemos no es solamente sentirnos y vernos bien. Tenemos también una motivación espiritual: reconocemos a quién pertenecemos y somos conscientes de que cuidar nuestro cuerpo y darle un uso correcto es también una manera de honrar a su dueño.
ADMINISTRAR NUESTRAS EMOCIONES TAMBIÉN ES MAYORDOMÍA
La gestión de nuestras emociones también forma parte de la mayordomía que ejercemos sobre nuestra vida y nuestro cuerpo. No controlar nuestros impulsos y ceder constantemente ante ellos, ignorar nuestros sentimientos en momentos cruciales o convertirnos en personas indiferentes, intolerantes, iracundas o excesivamente dominadas por nuestras emociones puede producir heridas que, con el tiempo, afecten diferentes áreas de nuestra vida.
Dios no invalida lo que sentimos. El mismo Jesús experimentó tristeza, angustia y gozo; sin embargo, nos dio ejemplo de no ser gobernados por nuestras emociones, y ese es un ejemplo que debemos seguir.
La Palabra nos muestra que tiene mayor valor aquel que logra gobernarse a sí mismo que quien conquista una ciudad:
“Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte; y el que se enseñorea de su espíritu, que el que toma una ciudad.”
Proverbios 16:32 (RVR1960).
Parte de nuestra responsabilidad consiste, entonces, en aprender a reconocer y gestionar lo que sentimos, así como la manera en que respondemos frente a esas emociones.
Podemos sentir enojo, por ejemplo, pero aquello que hacemos con ese enojo también está bajo nuestra responsabilidad:
“Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo.”
Efesios 4:26 (RVR1960).
De la misma manera, Proverbios relaciona el dominio propio con la capacidad de gobernarnos:
“Como ciudad derribada y sin muro es el hombre cuyo espíritu no tiene rienda.”
Proverbios 25:28 (RVR1960).
La manera en que gestionamos nuestras emociones también puede repercutir sobre nuestro cuerpo. El estrés y la ansiedad sostenidos producen respuestas fisiológicas reales, entre ellas la liberación de cortisol. Cuando estas respuestas se mantienen de forma prolongada, pueden afectar diferentes sistemas del organismo y relacionarse con diversos problemas de salud.
La propia Escritura, sin utilizar el lenguaje de la medicina moderna, reconoce en diferentes ocasiones que lo que ocurre interiormente puede manifestarse físicamente:
“El corazón alegre constituye buen remedio; mas el espíritu triste seca los huesos.”
Proverbios 17:22 (RVR1960).
Por eso, administrar correctamente nuestras emociones y procurar madurar emocionalmente también forma parte de la responsabilidad que tenemos con nosotros mismos. Pero sus consecuencias tampoco terminan en nosotros: la forma en que reaccionamos, expresamos nuestro enojo, manejamos nuestras frustraciones y respondemos a los demás puede afectar a quienes nos rodean.
“Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte; y el que se enseñorea de su espíritu, que el que toma una ciudad.”
Proverbios 16:32 (RVR1960).
PRINCIPIO BÍBLICO
Dios es nuestro dueño, y todo lo que nos ha confiado lo administramos a través del cuerpo que nos dio, el mismo que escogió para habitar por medio de su Espíritu.
CONCLUSIÓN
Hacer buen uso de nuestro cuerpo y administrarlo de la manera correcta nos ayudará a estar en las mejores condiciones posibles para administrar todo lo demás.
El cuerpo es el vehículo mediante el cual podemos movernos en este mundo que Dios nos permitió habitar y disfrutar de sus favores. A través de él trabajamos, servimos, nos relacionamos, desarrollamos nuestras capacidades y administramos aquello que Dios coloca en nuestras manos, por eso, el estado de este vehículo repercutirá en otras áreas de nuestra mayordomía, porque es a través de este cuerpo que hacemos todo lo demás. Su estado puede favorecer o limitar nuestra capacidad para administrar, trabajar, servir, desarrollar habilidades, ejercer nuestras responsabilidades y ocuparnos de todo aquello que Dios nos ha confiado.
Sin este vehículo no podemos recorrer el camino de la misma manera ni desarrollar las habilidades mediante las cuales administramos y multiplicamos muchas de las demás cosas que hemos recibido; por eso, cuidar nuestro cuerpo no consiste únicamente en preocuparnos por nuestra apariencia, también implica reconocer que hemos recibido algo que debemos administrar mientras esté bajo nuestra responsabilidad.