Hay una verdad que solemos pasar por alto: dos personas pueden hacer exactamente lo mismo, pero por motivos completamente diferentes.
El apóstol Pablo escribió:
“¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio?... Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible.” 1 Corintios 9:24-25 RVR1960
Todos corren, todos se esfuerzan, todos hacen sacrificios, pero no todos corren por la misma razón. Hay quienes son capaces de levantarse antes del amanecer, renunciar a comodidades, entrenar durante años y soportar grandes sacrificios por una medalla que un día perderá su valor. Encontraron algo que consideran digno de perseguir, entonces surge una pregunta que confronta nuestro corazón: ¿Cómo es posible que muchas personas tengan más disciplina para alcanzar metas temporales que nosotros para alcanzar una recompensa eterna?
Si ellos perseveran por una corona que se marchita, ¿cuánto más deberíamos nosotros esforzarnos por aquello que permanecerá para siempre? Pero esta verdad también nos enseña otra lección: No solo debemos preguntarnos por qué estamos corriendo, sino también qué es lo que mueve a quienes corren a nuestro lado.
En Génesis 24 encontramos un contraste que revela esta realidad. Después de que Rebeca terminó de dar agua al siervo de Abraham y a todos sus camellos, corrió a su casa para contar lo sucedido. Su intención era sincera. Desde el principio había demostrado un corazón dispuesto a servir. Incluso antes de recibir cualquier recompensa, ya había hecho un trabajo agotador simplemente por hospitalidad y generosidad. Sin embargo, la Escritura dice que cuando Labán, su hermano, vio los brazaletes y el anillo de oro que el siervo había dado a Rebeca, él también salió corriendo a recibirlo.
“Y Rebeca tenía un hermano que se llamaba Labán, el cual corrió fuera hacia el hombre, a la fuente. Y fue así que cuando vio el pendiente y los brazaletes en las manos de su hermana... fue al hombre...” Génesis 24:29-30 RVR1960
Los dos corrieron, Rebeca corrió para servir, Labán corrió porque vio el oro. La acción era la misma, pero la intención era completamente distinta. Incluso Labán le dijo: “Ven, bendito de Jehová...” Génesis 24:31 RVR1960
Sus palabras parecían espirituales, su actitud parecía amable, pero la Biblia deja claro qué fue lo que despertó su interés: las riquezas que había visto.
Y eso sigue ocurriendo hoy. No toda persona que se acerca a ti lo hace porque ama a Dios o porque desea tu bienestar. No toda ayuda es desinteresada. No toda amabilidad nace de un corazón limpio.
Hay quienes sirven por amor, otros sirven por reconocimiento; algunos ayudan porque aman a Dios, otros ayudan porque esperan recibir algo a cambio; por eso la Palabra nos recuerda:
“Porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón.” 1 Samuel 16:7 RVR1960
Dios no solo observa nuestras acciones, Él examina aquello que las impulsa, y también quiere darte discernimiento para identificar las intenciones de quienes llegan a tu vida, no para vivir desconfiando de todos, sino para no ser ingenuo.
Jesús mismo dijo: “He aquí, yo os envío como a ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas.” Mateo 10:16 RVR1960
El amor no excluye el discernimiento. La bondad no reemplaza la sabiduría.
Reflexión
- ¿Qué es lo que realmente está moviendo tu corazón?
- ¿Sirves para glorificar a Dios o para recibir reconocimiento?
- Y cuando alguien se acerca a tu vida, ¿buscas únicamente sus palabras o también pides a Dios discernimiento para conocer sus intenciones?
No olvides que dos personas pueden hacer exactamente la misma obra delante de los hombres, pero delante de Dios sus corazones pueden estar en lugares completamente diferentes.
Dios no solo quiere que hagas lo correcto. Quiere que las razones por las que lo haces también sean correctas.
Oración
Señor, examina mi corazón y purifica mis intenciones. Que todo lo que haga nazca del amor por ti y no del deseo de recibir reconocimiento, beneficio o aprobación. Dame también discernimiento para relacionarme con sabiduría y reconocer aquello que no es evidente a los ojos humanos. Enséñame a servir con un corazón sincero, como alguien que busca agradarte solo a ti. En el nombre de Jesús, amén.