¿Sabes cuál es la forma más efectiva de alejarte de lo que te aflige? No es huyendo, ni negándolo, ni fingiendo que no duele. Es CRECIENDO.
Cuando vino el diluvio, dice la Escritura:
“Y creció el diluvio sobre la tierra; y alzaron las aguas el arca, y se elevó sobre la tierra.” Génesis 7:17 (RVR1960)
El arca no luchó contra las aguas; fue levantada por ellas. Mientras las aguas crecían, el arca se elevaba. De la misma manera, cuando crecemos espiritualmente, nos elevamos por encima de aquello que antes nos rodeaba y nos oprimía.
Y hay un detalle poderoso: todo lo que debía morir quedó debajo de las aguas.
El juicio cubrió lo que ya no debía permanecer.
En la Escritura, el agua también simboliza la Palabra de Dios que limpia y transforma. Pablo escribe:
“…habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra.” Efesios 5:26 (RVR1960)
Y Jesús declaró:
“El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.” Juan 7:38 (RVR1960)
Cuando nos sumergimos en la Palabra, cuando permitimos que ella nos inunde, lo que no pertenece a nuestro propósito comienza a quedar atrás. Lo que es carnal, lo que es pecado, lo que es peso innecesario, empieza a ahogarse mientras nosotros nos levantamos.
No tenemos que pelear desesperadamente contra todo lo que nos aflige. Necesitamos crecer.
Necesitamos dejarnos llenar por la Palabra hasta que nos eleve.
El crecimiento rompe ataduras.
“Y acontecerá en aquel tiempo que su carga será quitada de tu hombro, y su yugo de tu cerviz, y el yugo se pudrirá a causa de la unción.” Isaías 10:27 (RVR1960)
La liberación no vino por ignorar el yugo, sino por la unción que ensancha, fortalece y capacita. Cuando creces en Dios, lo que antes te dominaba pierde fuerza sobre ti.
Es como el águila. No pelea con las aves que intentan molestarla; simplemente vuela más alto.
La Escritura dice:
“Pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán.” Isaías 40:31 (RVR1960)
El águila asciende a alturas donde otras aves no pueden sostenerse. Mientras ella sube, las demás se quedan abajo porque no pueden resistir la altura. De la misma manera, cuando tú creces espiritualmente, hay cosas que ya no pueden alcanzarte.
No porque desaparecieron de inmediato, sino porque tú ya no estás en el mismo nivel.
Por eso el apóstol Pablo nos da una instrucción que muchos malinterpretan:
“Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe…” Hebreos 12:2 (RVR1960)
No es una invitación a negar el dolor ni a invalidar la aflicción. Es una estrategia divina. Al fijar nuestra mirada en Cristo, evitamos distracciones, maduramos, aprendemos su carácter y avanzamos. Y el resultado natural del crecimiento es libertad.
El mismo Pablo lo explica:
“Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad.” 2 Corintios 3:17 (RVR1960)
Cuando decides crecer —en oración, en obediencia, en carácter, en conocimiento de la Palabra— te elevas. Lo que antes te asfixiaba ya no tiene el mismo alcance. No porque lo hayas ignorado, sino porque la Palabra te levantó por encima.
La clave no es enfocarte en lo que te aflige, sino en aquel que te hace crecer por encima de ello.
Oración
Señor, sumérgeme en tu Palabra y hazme crecer. Levántame por encima de toda carga y permite que todo lo que no viene de ti quede atrás. Que al poner mis ojos en Jesús encuentre libertad verdadera. En el nombre de Jesús. Amén.