Muy seguramente todos, siendo niños, alguna vez nos enfermamos. En esos días nuestra madre, abuela, tía o quien nos cuidaba insistía en que debíamos comer algo para no debilitarnos más.
La comida sabía diferente. Incluso nuestro plato favorito podía parecer desagradable. A veces solo con verlo perdíamos el apetito. Lo único que queríamos era quedarnos acostados, ir y venir al baño y esperar a que todo pasara.
Pero había un adulto responsable que entendía algo que nosotros no comprendíamos en ese momento: si no comíamos, podíamos empeorar.
Por eso insistían, nos animaban o incluso nos obligaban a comer, aunque fuera algo sencillo. Porque existe una verdad conocida por muchos: “el enfermo que come no muere; el enfermo que come se está recuperando.”
En la vida espiritual ocurre algo muy parecido.
Hay días en los que no tenemos ganas de orar. Días en los que no sentimos deseos de buscar a Dios o leer su palabra. El ánimo no está, la fuerza parece poca y el corazón está cansado.
Pero precisamente en esos momentos es cuando más necesitamos alimentarnos de la palabra de Dios.
Jesús dijo:
“Escrito está: No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.” Mateo 4:4 (RVR1960)
La palabra de Dios es el alimento del alma y del espíritu. Cuando dejamos de alimentarnos de ella, comenzamos a debilitarnos espiritualmente.
Por eso la Biblia también nos recuerda:
“Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación.” 1 Pedro 2:2 (RVR1960)
Incluso cuando el ánimo no está, incluso cuando el corazón está cansado, debemos hacer algo que muchos no quieren escuchar: debemos obligarnos a comer.
Tal vez no podrás leer mucho. Tal vez solo sea un versículo. Tal vez una oración corta. Tal vez una reflexión sencilla.
Pero no puedes dejar de alimentarte.
Porque cuando el alma deja de alimentarse de la palabra, comienza a debilitarse.
Está bien reconocer que no todos los días tendremos el mismo rendimiento espiritual. Habrá temporadas donde no produciremos la misma cantidad de fruto.
Pero tampoco podemos permitirnos abandonar por completo aquello que nos mantiene vivos espiritualmente.
Hay cosas tan fundamentales, tan indispensables y tan importantes que debemos hacerlas sin importar cómo nos estemos sintiendo.
Porque en la vida espiritual, como en la vida física, alimentarse es cuestión de vida o muerte.
Un llamado de Dios para ti
Si hoy no tienes ganas de buscar a Dios, no te alejes más. Acércate aunque sea con pocas fuerzas. Abre su palabra, aunque sea por unos minutos. Ora, aunque tus palabras sean pocas.
Recuerda: el alma que sigue alimentándose de Dios nunca dejará de tener esperanza.
Oración
Señor, ayúdame a buscarte incluso en los días en que no tengo fuerzas ni ánimo. Enséñame a alimentarme cada día de tu palabra, aunque sea con lo más sencillo. No permitas que mi alma se debilite por alejarme de ti, y dame un corazón perseverante para seguir buscándote siempre. En el nombre de Jesús. Amén.