Hay una fe que canta cuando todo va bien, pero hay otra que permanece cuando todo está en contra.
La Biblia nos muestra en el libro de Daniel dos escenarios donde la fidelidad a Dios fue llevada al límite. No fueron momentos cómodos. Fueron pruebas reales, donde obedecer a Dios podía costar la vida.
Sadrac, Mesac y Abed-nego fueron amenazados con morir en un horno de fuego por no inclinarse ante una estatua. Su respuesta no fue emocional, fue firme:
“Nuestro Dios a quien servimos puede librarnos… y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses” Daniel 3:17–18 RVR1960
Ellos sabían que Dios podía librarlos, pero también decidieron que, aunque no lo hiciera, no lo negarían. Esa es la fe que no negocia.
Más adelante, Daniel también enfrenta una prueba. Un decreto injusto le prohibía orar a Dios. Sabía las consecuencias, y aun así, no cambió su hábito ni su fidelidad:
“Cuando Daniel supo que el edicto había sido firmado… se arrodillaba tres veces al día, y oraba y daba gracias delante de su Dios” Daniel 6:10 RVR1960
No oró en secreto por miedo. No pausó su relación con Dios por presión. Siguió siendo fiel. Y fue lanzado al foso de los leones.
En ambos casos, Dios intervino de manera sobrenatural. Libró del fuego. Cerró la boca de los leones. Pero hay algo más profundo que no podemos ignorar:
Ellos no fueron fieles porque Dios los libraría, Dios los libró porque ya eran fieles.
Aquí hay una verdad que muchos evitan: La fidelidad a Dios puede costarte comodidad, reputación, incluso la vida. Pero nunca será en vano.
“Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida” Apocalipsis 2:10 RVR1960
Además, algo poderoso ocurrió: reyes paganos, al ver el respaldo de Dios, terminaron reconociendo su poder.
“Porque él es el Dios viviente y permanece por todos los siglos” Daniel 6:26 RVR1960
Muchos quieren que otros lleguen a Dios, pero pocos están dispuestos a ser el testimonio que Dios usará para revelarse.
Porque la realidad es esta: muchas veces, Dios se muestra al mundo a través de vidas que permanecen firmes en medio de la prueba.
Por eso la Palabra dice:
“Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese” 1 Pedro 4:12 RVR1960
La prueba no es extraña. Es parte del proceso.
“Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios” Hechos 14:22 RVR1960
El problema no es la prueba, es olvidar que Dios está presente en medio de ella.
“Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien” Romanos 8:28 RVR1960
Dios no solo te libra, también te sostiene, también se glorifica en tu proceso. Y muchas veces es en el fuego donde otros llegan a conocerlo.
Jesús mismo nos dio el ejemplo más alto de una fe firme, una fe que no negocia ni retrocede, aun cuando Dios no libra del proceso. En Getsemaní, Él expresó el peso de lo que venía y le pidió al Padre que, si era posible, pasara de Él esa copa de sufrimiento, pero no fue librado. Aun así, no retrocedió. Permaneció obediente hasta el final.
“Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” Lucas 22:42 RVR1960
Y lo más impactante es esto: no fue en el momento del milagro, sino en el momento de su muerte, que uno de los que estaba allí reconoció quién era Él. Un soldado romano , representando a un mundo endurecido y distante de Dios, al ver lo ocurrido, declaró:
“Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” Marcos 15:39 RVR1960
Fue a través del dolor, a través de la entrega, a través de una aparente derrota, que Dios se reveló a su vida.
La cruz nos recuerda que, muchas veces, Dios no evita el proceso, porque es precisamente allí donde Él se da a conocer a otros.
La fe que Dios usa para revelarse es aquella que permanece firme hasta el final, aunque le cueste la vida.
Ahora la pregunta es inevitable: ¿estamos siendo como Jesús?
Oración
Señor, danos una fe firme, que no dependa de las circunstancias ni de los resultados. Enséñanos a permanecer fieles aun cuando cueste, aun cuando duela, aun cuando no entendamos. Que en medio de la prueba no olvidemos que tú estás presente, obrando y cumpliendo tu propósito. Usa nuestra vida como testimonio para que otros te conozcan, te reconozcan y glorifiquen tu nombre. En el nombre de Jesús. Amén.